Un monseñor para la Villa
Los meses iban pasando y yo estaba madurando un proyecto. Irme al campo a instalarme. Donde estaba y en la Catedral donde trabajaba, era algo maravilloso. Me hubiera quedado siempre. Con muchos momentos libres, mucho descanso, mucha paz y tranquilidad. Me había jubilado y no tenía problemas económicos. Con la retroactividad había podido cambiar de auto.
Todo corría sobre rieles; pero me acosaba una posible enfermedad: ¿quién me cuidaría? Morir solo, ¡abandonado…! Encontrar una persona de confianza… un ama de llaves… una buena cocinera… ¿en qué lugar se encuentra ese tesoro, hoy? La busqué inútilmente en todas las partes donde iba a ayudar.
Entonces, luego de consultarlo con uno de mis colegas me decidí: recorrí en el mapa los lugares donde no había Parroquia, que tuvieran Capilla, con alguna piecita… donde hacer el nido.
Y el plan y el orden fue el siguiente: Estación Alcaraz de la Parroquia de Bovril. Unos 1000 habitantes, está a 25 km. de Bovril. Tiene médico. Estación Tabossi, de la Parroquia de Viale, unos 600 habitantes a 10 km. de la Parroquia. Sin médico y camino de tierra.
Aldea Brasilera, donde ya había actuado y cerca de mi amigo viejo D. Pedro Ronconi. Había un sacerdote ahí. Y fui al Arzobispado. Con su venia yo me iba a dirigir al respectivo Párroco, le iba a pedir permiso para instalarme y ayudarlo. Tenía la seguridad de su aceptación, pues una ayuda de esa naturaleza no es despreciable. Sin contar que yo le haría todo gratis: es decir yo le entregaría los aranceles de Bautismos y Funerales que vinieran. Recibir eso sin tener que hacer esos viajes, era atendible. Y pedí audiencia al Sr. Arzobispo.
Mal momento para mi solicitud. Estaba enfrascado en un problema casi insoluble. La parroquia de Hasenkamp estaba atendida por los sacerdotes de la Congregación de Santo Domingo de Paraná; en ese año la atendían solamente los sábados y domingos y a veces cada quince días. Le habían comunicado al Sr. Arzobispo que a fin de año no podrían continuar. ¿A quién mandar? No había ningún sacerdote disponible. ¿A un Vicario General con su título de Monseñor con 72 años a cuestas, lo iban a mandar? No hay que rebajar a nadie sobre todo si ese sacerdote ha trabajado bien durante toda su vida. Cuando yo le propuse mi plan, se le iluminó el rostro.
–¡Vaya a Hasenkamp! -Me dijo- Si quiere ir a la campaña vaya a Hasenkamp.
¡No! ¡Parroquia no! Una capilla sí porque no hay responsabilidad que asumir. Basta trabajar en bien de las almas sin otra especial obligación. Bien sabía yo lo que eran las exigencias de una Parroquia.
–¡No tengo sacerdote para mandar! -Me volvió a decir.- ¿Cómo voy a dejar Hasenkamp sin párroco?
Yo conocía a Hasenkamp. Había predicado la Novena Patronal en 1964 siendo Vicario General. En febrero de 1966 luego de preparar todo lo necesario y demarcado los límites había instalado al primer Párroco, el Padre Juan Baqué.
–¡Gente tan buena y sin sacerdote! -Me volvió a decir con voz quejumbrosa. No tuve valor para contradecirlo, pues yo bien sabía lo que era distribuir pocos sacerdotes en muchas localidades.
–Lo voy a pensar, -le dije.
–¡Piénselo pronto y comuníquemelo!
Volví a casa y me encontré con el colega con quien había consultado.
–¿Y?
Conté lo sucedido.
–Mirá, -le dije- yo sé muy bien en la teoría y en la práctica que donde nos manda el Superior se cumple la voluntad de Dios. Si yo insisto, no creo que el Sr. Arzobispo me obligue a mí, a mi edad y luego de haber sido Vicario, a ser Párroco de campaña. Aparentemente un descenso de categoría. Pero iría a donde me gusta y no donde Dios quiere. Y en Alcaraz Dios no va a bendecir mis trabajos, y además algún día me va a entrar el escrúpulo de que Hasenkamp quedará un domingo sin Misa “por mi culpa” por mi comodidad. Ya veo que, aunque me cueste, tendré que aceptar.
Con todo fui a Hasenkamp a visitar un amigo que conocía desde Larroque y con quien habíamos tratado muchas veces cuando Hasenkamp “negociaba” su título de Parroquia con el Arzobispado.
Llegué: estaba frente a su negocio. Al verme vino a saludarme. Le conté y lo consulté.
–¿Qué te parece?
¡Claro! ¡Yo ya sabía! Me dijo que aceptara. De ahí pasé a la Iglesia. Conocía su templo y su casa, pero estaba cerrada. Podía haber acudido a un vecino. Pasee alrededor. Ni una planta. Ni un jardín. Gramillas y sorgo de Alepo. ¡Pobre Bidal ¡vas a perder el apellido!!!
La voz corrió entre los feligreses. Varios se acordaban de mí pues les había predicado un Retiro en tiempos del padre Baqué. Eran de la Legión de María. ¡Pero no podía ser, son cuentos, nada más!
Al día siguiente fui a ver al Sr. Arzobispo.
–Acepto, -le dije- porque sino me voy a encontrar culpable por no querer cumplir la voluntad de Dios. Pero una Parroquia es mucho para mí, a mi edad.
Monseñor trató de rebajar responsabilidades. Me dijo como debía atender. Lo mínimo indispensable, la gente comprendería…
–Sí, no hay duda; pero yo sé lo que es una Parroquia y si no se la atiende, se viene abajo. Morir descansado o morir trabajando debe ser lo mismo, ¿verdad?
Monseñor se río y me agradeció.
Resolví ir el sábado próximo cuando fuera el sacerdote y ver lo que había y lo que no había en casa. Y ya fui llevando plantas en el auto. Cuando llegué el Padre Tomás me esperaba. Bajé las plantas. Una vecina las llevó a su casa para cuidarlas en mi ausencia.
Había bastantes cosas. Yo traería lo demás. Para animarme más, el Sr. Atilio Fiorotto, el amigo a quien había consultado y que conocía desde Larroque, me dijo:
–Aquí hay una persona muy buena, “muy metida en todo” (metida en buen sentido) y que le va a ayudar.
No dije nada, pero pensé: Si es “metida” va a durar poco con el padre Bidal. Yo no soy de los que se deja gobernar.
El sábado 11 de enero quedó como fecha para la toma de posesión de la Parroquia. El Sr. Arzobispo quiso entregármela en persona. Se le quiso hacer una recepción desde el Empalme de la ruta 126. Pero vino tan temprano que los dejó a todos en casa. Fue un acto religioso-social. En la Iglesia habló el Sr. Arzobispo, uno de la Comisión Pro Templo leyó el Decreto de nombramiento y el Sr. Fiorotto habló en nombre de los fieles para darme la bienvenida.

Comencé la Misa con la Iglesia repleta de fieles. Hablé sobre lo que debía ser una Parroquia: Una comunidad de fe, una comunidad de amor, una comunidad de vida y por tanto unida. La unión entre sí con el Párroco y toda la Parroquia con el Obispo y en unión de todas las Parroquias de la Arquidiócesis con el Papa. A continuación, en el salón parroquial se sirvió un lunch-cena. Como era gratis… hubo muchos “amigos”. Los que nunca me habían visto, al ver a un viejo, dijeron: “¿Un viejo? Ha de ser gruñón y echará a la juventud. Mejor hubiera sido un curita joven”.
Hombres y mujeres adictos a la Parroquia les respondieron: “No queremos curitas progresistas con ideas nuevas; Monseñor Bidal fue Vicario General y sabrá cumplir sus obligaciones”.
Un mes más tarde, hice sacar los arcos de fútbol que adornaban el sitio de la Parroquia, formando una cancha.
–Ahí tenés… en lugar de atraer a la juventud, los echa.
Se reunían los vagos del pueblo. Mi lema viejo: No atraer con el fútbol. Al que está adentro, que vino sin fútbol, a ese sí, le damos fútbol. Hoy los chicos y chicas de la Acción Católica se divierten con el futbol. Y se lo compré yo. Pero vinieron por amor a Dios.
Hacía unos tres o cuatro años que la Parroquia era regida por Sacerdotes de la Orden de Santo Domingo. Monseñor Tortolo los había conseguido cuando fuera a Roma con motivo del Concilio. Provenían de Irlanda, muy buenos sacerdotes, pero les costaba hablar castellano. Y dejaron los varios que tuvieron a su cargo la Parroquia en manos de los seglares la dirección y la administración de la parroquia. No podían dar Catecismo. De eso se encargaron las Catequistas. Y la Comisión Pro Templo se tomó atribuciones omnímodas. Sin buscarlas. Como si se las hubieran dado. Todo lo que hagan está bien. Los Padres Domínicos depositaron en ellos su confianza. Era muy buena gente y la merecían.
Lo primero que hice al llegar, reuní a dicha Comisión y les dije:
–Me encontré con la Iglesia sin seguridad alguna. Las puertas no tienen llaves, no hay una tranca que salve los bienes que haya adentro. En esta semana hay que solucionar este problema. Además, hay que rodear a la Casa con un tapial. No es posible que el sacerdote salga afuera y sea centro de todos los transeúntes. Y además una galería de protección. Es decir: una casa debe tener su intimidad.
No dijeron nada en contra.
–Lo haremos en marzo -me dijeron- con motivo de las Fiestas Patronales. (San José)
Es decir, debía esperar tres meses para que juntaran el dinero y recién iban a resolver. No contesté nada. Una señora que vio que yo empecé a hacer el garaje por mi cuenta, me dijo:
–¡Padre! Nosotras las mujeres vamos a hacer pequeños beneficios todos los domingos para la obra.
Esa señora, Teresa Collaud de Rojas, mi vecina era “la metida” de que me hablara el Sr. Fiorotto. Era cierto. Metida en todo, pero adicta al Párroco y obediente en todo. Donde se necesitaba una mano, allí estaba. Era catequista y sacristana. Presidenta de la Legión de María, hacía un apostolado fecundo en el pueblo. Preparación de enfermos para llamar al sacerdote, visitas al Hospital para dar “una manito” a los enfermos que no tenían familiares; atendía el despacho parroquial en los días de semana cuando los Padres que venían de Paraná estaban ausentes; preparaba los matrimonios, etc. La gente llegaba al Párroco por su intermedio. Era el brazo derecho de la Parroquia. Y lo es ahora. Era “la gran metida”. Pero no hacía nada sin consultar. Nunca me dijo: “Eso se hace así o esto se hacía así.” Meses más tarde cuando tuve confianza le conté lo de “la metida”. Y nos reímos.
El Sr. Fiorotto en vista de que la Comisión se quedaba tranquila, me buscó quien me hiciera el garaje.
Luego quien me hiciera el tapial y el corredor. Se hizo presente casi todos los días para inspeccionar las obras y dar “una mano”.
Se hicieron las Fiestas Patronales. Yo pagaba materiales y la mano de obra y pasaba la cuenta a la Comisión. Hasta terminar. Hice citar a la Comisión. Vinieron 6 o 7 de los 18 que la componían. La cite otra vez. Igual. La Sra. de Rojas, que era la Pro Secretaria me dijo:
–¿Citamos de nuevo?
–¡No! -le dije-. Si ellos no tienen interés yo tampoco lo tengo. Con suprimirla se arregla todo. O se trabaja como se debe o se deja todo.
Parece que la noticia cundió. Y se citaron a sí mismos. Estaba casi en su totalidad. Entre sus miembros el Comisario de Policía. Entro, saludo, bromeo con los más conocidos. Se lee el balance de las fiestas y gastos. Y empezó a explotar la bomba. Fue el Comisario el que empezó.
–¿Con qué autorización Ud. hizo los trabajos, ya que se hicieron distintos tipos de lo que se habían aprobado?
–¿Y por qué -terció otro- usted invitó a ayudar a personas que no eran de la Comisión?
Yo les contesté.
–Yo he sido párroco varias veces, fui Inspector de Parroquias y Vicario General. Creo que sé de sobra, cuáles son mis atribuciones. A usted, señor Comisario, -le contesté- ¿Quien le pide cuentas de su cargo: los agentes o su Superior de Paraná?
–El Jefe de Policía.
–A mí me pide cuentas el Sr. Arzobispo solamente. Los demás me tienen que dar cuentas a mí.
–Si es así yo renuncio -dijo uno.
–Yo también -dijo otro.
–¿Y por qué llamó a Fulano para ayudar y a Mengano que no son de la Comisión?
–Yo no llamé a nadie. Ellos vinieron a ofrecerse generosamente. Además… ¿usted entiende cómo se hace una viga?
–Yo no.
– Y si no entiende: ¿para que lo voy a consultar?
Palabras más, palabras menos, la cosa estaba que ardía. Me retiré de la reunión, amargado. Debía no haber aceptado esta parroquia, me dije.
–Yo presento mi renuncia -volvió a decir uno de ellos cuando me retiré.
–¡Yo no renuncio! Terció la Sra. de Rojas. Yo estoy a las órdenes del Párroco.
Las palabras de la Sra. de Rojas pesan. Nadie se animó a renunciar. Le habían echado en cara de que hacía rifas los domingos sin permiso de la Comisión.
El Comisario renunció también. Otros no se animaron. Estos “renunciantes” se dieron cuenta de que habían “metido la pata”. Que en la Parroquia había un párroco efectivo y con quien había que trabajar con disciplina o hacerse de lado. Y buscaron acercarse. Y hoy son buenos colaboradores y amigos.
Ellos no tenían culpa alguna. Actuaban en la Comisión como en las comisiones civiles o sociales, donde la comisión es el supremo gobierno.
A fin de año, comuniqué al presidente que habiendo terminado su período, debían entregar todo a la nueva Comisión. El presidente saliente era un buen hombre, pero no tenía carácter para ese cargo. Lo dominaban. La Comisión actual consiste en cuatro o cinco colaboradores, activos, capaces. Ellos trabajan y juntan dinero. Yo hago de presidente y tesorero. Así nunca hay problemas. Este episodio fue el único nubarrón de mis actividades.
Hasenkamp es un pueblo distinto a todos los que he conocido. Me habían dicho, que había personas que habiendo trabajado acá, habían resuelto radicarse definitivamente, porque el pueblo era muy lindo. (Yo no le veía la lindura). Me habían dicho que acá no hay esas patotas de muchachos que hacen daño ni de los estudiantes que hacen bochinche y huelgas y son los compadritos de la Villa. (Yo no veía tanta felicidad). Me habían dicho que acá la policía no tenía casi nada que hacer: que un robo era una cosa que sucedía a las cansadas… (Podía ser… pero no lo veía: ver para creer).
Hoy luego de varios años constato de que es un pueblo fenómeno. En la Parroquia se ordena algo y todos obedecen. No hay problemas entre el párroco y los feligreses. En la primera procesión que hice di las órdenes: Los niños se colocan frente a la Comisaría, las mujeres entre la Comisaría y la Parroquia. Y los hombres frente a la Iglesia, dejando un espacio para la Imagen. Todos de seis en fondo, más o menos. No se debe hablar. Todos deben rezar. Ahora se les dice: Póngase en el lugar de costumbre. Nada más. Cuando sale la Imagen o el Santísimo en Corpus, todos están silenciosos en su lugar. Las personas encargadas se ponen de diez en diez metros y empiezan el rosario. Nadie habla. Los Curas vecinos no quieren creerlo.
Aquí soy yo quien pone las fechas de Catecismo, de Primera Comunión, de Confirmación. Los horarios de Bautismos y Casamientos y Funerales. Nadie protesta. Se acata. Se obedece.
Legión de María: El padre Baqué, primer Párroco, fundó la Legión de María. Actualmente tiene unos 50 miembros distribuidos en 4 grupos con sus respectivas presidentas. Se reúnen semanalmente. Rezan. Y ayudan al apostolado parroquial. Se ocupan de las visitas al Hospital y al Asilo de Ancianos; de atender viejos y viejas que viven casi solos en sus ranchos. Les hacen los mandados, les arreglan el rancho, le consiguen alguna pensión de la Municipalidad o la Policía, atienden a los enfermos, van a los velorios a rezar etc.
Y cuando necesito de ellos para una propaganda parroquial, están a mis estrictas órdenes. Como las presidentas lo hacen sin discutir, las socias aprendieron a hacerlo, de la misma manera. Son 50 que trabajan en la Parroquia como lo quiere el Párroco. ¿Quién del pueblo va a opinar contra el Párroco, si esas 50 están conformes con lo que manda? Hay socias que viven un poco en las afueras, pero la reunión semanal, no la dejan, salvo lluvia.
Cursillo de Cristiandad: En España se originó esta Asociación que agrupa a matrimonios y personas solteras o viudas, de cierta edad. Ya ha llegado a todas las naciones católicas. Es una gran Federación. Se reúnen entre parroquias con cierta frecuencia, en asambleas provinciales o nacionales. En la parroquia se reúnen quincenalmente. Dos veces para su vida espiritual. Y otras para reunirse en torno a una mesa para celebrar los aniversarios del mes (cumpleaños, etc.).
Se ocupan de la perfección de la vida familiar. Serán unos 40 matrimonios. Varias de las esposas pertenecen a la Legión de María. La mayor parte son hombres de la Villa: comerciantes, empleados, profesionales, empresarios. Es un grupo de hombres que asiste a misa, confiesa y comulga. Un buen ejemplo.
Acción Católica: La satisfacción más grande de mi apostolado parroquial me la dio la Acción Católica. Formando bien a sus socios, son los colaboradores mejores. En Hasenkamp nadie sabía que existía la Acción Católica. Había que empezar. ¿Muchachos? No me gustaron los que venían a Misa. ¿Chicas? Tampoco me gustaron. Muy mundanizadas. De las mejores, de las que solían venir a Misa siempre anduvieron en carnaval, disfrazadas… de desnudo. Había que comenzar desde abajo.
Empecé por llamar a Catecismo de Perseverancia. Vinieron unos 40 chicos y chicas. Ese año la camada de la Primera Comunión no era gran cosa. Al año siguiente el Catecismo de Perseverancia dio poco resultado.
Pero la camada de la Primera Comunión fue extraordinaria. Y con ella empecé el grupo de aspirantes y aspirantas con los que habían “perseverado” de “Perseverancia”. Se inició en marzo de 1977. “¡Queremos ayudar a la Iglesia!” me decían. Ya me habían ayudado a rezar el rosario en la Iglesia, a cantar y a hacer el Pesebre de Navidad. El 6 de agosto los delegados de Paraná lo reconocían como Sección Provisoria. El 25 de junio de 1978, se oficializaron ambas secciones. Hay entre efectivos y provisorios unos 50 chicos entre los 10 y 15 años. Toda una esperanza.
El padre Bidal no podía vivir sin la Acción Católica y no quería morir sin ella. Como en todas las parroquias que tuve, la A.C. es la dueña de la Casa Parroquial. Vienen a cualquier hora y entran como Pedro por su casa.
Capillas: Tres capillas hay en el territorio parroquial. Una la de San Isidro en una colonia camino a La Paz, junto a la ruta 126. La segunda, la de San Miguel junto a la Colonia Oficial al lado de la ruta 127. La tercera, la de la Estación Las Garzas dedicada al Sagrado Corazón. Se las atiende quincenalmente los domingos. Se celebra la misa, se da catecismo. No se celebra en días de semana.
Una vez al año se celebra la misa en una escuela el día de Santa Rosa en la Colonia de ese nombre. Personas de buena voluntad, maestras cooperan en enseñanza del Catecismo.
Catequesis: Mi preocupación fue siempre la del catecismo a los niños. Buscar catequistas, durante el año para atender a los diversos grupos, de acuerdo a la edad, a su preparación escolar. Pero para la Primera Comunión una catequesis diaria durante un mes y medio, la doy yo. Ningún seglar puede dar lo que el sacerdote tiene por su propia naturaleza sacerdotal. El niño pierde el miedo a su persona, se acerca a él, lo estima, se confía, y cuando llega el momento de la Confesión, encuentra muy natural, hacerle sus confidencias.
Pero hay un gran problema. Las catequistas ¿tienen capacidad, estudios, preparación para esa instrucción religiosa? ¿No podrían enseñar algún error, sin mala intención? Por eso, hace tiempo escribí para las catequistas un Catecismo. Todo el programa del año para que leyéndolo puedan explicar cada lección con sencillez y seguridad.
Tenemos dos años de catecismo para la Primera Comunión. Y este año inauguramos como un anticipo para el primer año: un curso de Jardín de Infantes. Aproveché una catequista, maestra jubilada que fue durante muchos años maestra de Primer Grado. Sabe tratar a los pibecitos. Y como Hasenkamp tiene muchas virtudes, los niños y niñas del catecismo asisten a misa los domingos y nadie los cuida. No hablan en misa. Una de las Catequistas que daba clases los lunes, les solía preguntar, ¿qué había dicho el padre en el sermón del domingo? Y siempre había alguno que lo recordaba. De acuerdo a las lecciones que dan las catequistas escribí un Catecismo para los niños.
Ya que hablamos de virtudes de Hasenkamp, debo decir que es la única parroquia donde he podido dar lecciones de catecismo a los adultos. Durante seis meses al año, una hora semanal doy clases de Religión para las personas mayores; por supuesto que las catequistas tienen obligación de asistir.
Una asistencia de 20 a 30 personas. Se achica el número en los días fríos de invierno. Pero nunca se ha dejado de dar por falta de número. Y atienden. Y estudian. Y les gusta.
Evidentemente, no basta que asistan a las clases, sino que es necesario darles apuntes, para que lo estudien. Los catecismos para los chicos, los estudios religiosos para la Acción Católica y los Apuntes para los adultos, los escribo en los stencils y la Municipalidad me los multiplica en el mimeógrafo de su propiedad. Me regala la tinta, la máquina y la empleada. La empleada es de la Legión de María, es asidua a las clases y trata de hacerlos bien.
La capataza y sus colaboradoras: Cuando deshice la Comisión Pro Templo que era mixta, decidí hacerla solamente con varones. Cuando hay varones y mujeres, los varones las hacen trabajar a ellas y a estas no les gusta trabajar al modo de los varones. El trabajo hay que hacerlo. Pero hay modos y modos de hacerlo. Modos o métodos para hombres y mujeres. Y tratándose de mujeres, no hay que hacer comisiones para el trabajo. Todos iguales. Todas parejas. Busqué un grupo de unas 10 a 15 mujeres, que trabajan por amor, incansablemente, con alegría. Ellas son las que se ingenian para sostener toda la obra del catecismo (libros, papeles, stencils, recordatorios, vestidos y zapatos, desayunos, etc. etc.) Con rifas, venta de platos, empanadas, pasteles, etc. y con “Pozos de la suerte”, cédulas, etc.
Todas charlan al mismo tiempo, todas opinan distinto, todas creen que su modo de trabajar es el mejor, pero al final, ¡oh prodigio femenino! todas están de acuerdo. Por eso yo solo les digo que se necesita tal cosa o tanto dinero. Cómo lo conseguirán es cosa de ellas. Puse una coordinadora para que yo comunique a las 15 cualquier cosa o para que lo que hacen o piensen hacer, esa persona se encargue de comunicármelo a mí. La puse de Coordinadora a la Sra. Teresa de Rojas: está a un paso de la Parroquia y me puede ver a cada instante. Y le han puesto “La Capataza”. Tiene, no hay duda, cualidades de mando. Es lo más hermoso oírlas protestar y murmurar contra La Capataza mientras trabajan haciendo empanadas: 15 mujeres alrededor de una mesa fabricando en pocas horas mil empanadas. Estando, por supuesto, La Capataza presente. Todas contentas, todas sonrientes. Entre tanto ya las han ofrecido en venta a las familias, ya buscaron quien las lleve a la panadería, quien las reparta a domicilio y quien las cobre. Cuando me levanto de la siesta, está el dinero a mi disposición.
Cuando termina una de esas campañas, dicen: “¡Menos mal nos libramos de la Capataza!”
Es muy apreciada por todas. Todas saben que no hay nadie que pueda suplantarla. Mujer trabajadora en todo lo que respecta a la Iglesia, tiene tiempo para arreglar su casa, hacer la comida a sus cuatro hijos y marido y a 6 o 7 pensionistas.
La iglesia: tiene un hermoso altar de mármol. Fue obra de las Mujeres. Tiene unos 40 bancos hermosos y fuertes. Fue obra de las Mujeres. Ellas tienen a su cargo el arreglo de la iglesia, lavado de manteles y ornamentos blancos. Arreglo de los floreros: siempre hay flores todo el año. Se busca en todo el pueblo, nadie las niega. Todo el altar y bautisterio está limpito. Antes se ocupaban de la limpieza de la iglesia. Me pareció mejor pagar a alguien que lo hiciera.

El padre Juan José Kemmerer: Al año de haber tomado posesión de la Parroquia pensé que mi vejez estaba llamando a un sucesor. Un sucesor que debía ser tan amigo mío, que tuviera la paciencia para aguantarme. Dicen que los viejos nos ponemos gruñones, rezongones, molestos….
¿Quién me iba a aguantar? Y fui hablando a los sacerdotes más amigos. Les ofrecí la Parroquia. Yo quedaría como huésped en la casa parroquial. Ayudaría mientras fuera posible y ellos serían el Párroco. Varios me dijeron que sí. Un sí más expresivo que otro. Si ellos aceptaban, cuando llegara el momento yo lo propondría al Sr. Arzobispo.
En el mes de diciembre de 1976, pensándolo más seriamente, en vísperas de mis tres cuartos de siglo de vida, hice el proyecto de agrandar la casa Parroquial. Una pieza, un baño y un pequeño escritorio independiente de los demás. El proyecto fue del agrado de la Comisión Pro Templo y se llevó a la práctica. Nos costó 70.000.000 de pesos viejos. La gente colaboró muy bien.
En marzo del año 1977 me enteré que el padre Juan J. Kemmerer que estaba de Teniente Cura en Bóvril, había pedido relevo. Lo conocía desde el Seminario cuando yo era Rector. Siempre fue un sacerdote trabajador, recto, muy buen sacerdote.
Le escribí al Sr. Arzobispo: “¡Mándemelo, Monseñor, que aquí a este viejo le hace falta un bastón!”
A fines de marzo tenía lugar en Nogoyá la consagración episcopal de monseñor Adolfo Gerstner para el obispado de Concordia. El nuevo obispo, de quien fui rector, me apreciaba mucho y me nombró Padrino de su Consagración. Busqué un sustituto y fui.
Me presenté al Sr. Arzobispo, un poco para saludarlo y otro “no poco” para saber su respuesta. Me dijo:
–Ahora al padre Kemmerer lo necesito en La Paz por unos meses porque el Teniente Cura está enfermo. Apure la terminación de la casa. Un sacerdote correntino que actuaba en la Arquidiócesis se volvió a su pago. (Una vacante que llenar). El Teniente Cura de La Paz, fue a Buenos Aires en busca de salud. Como tenía su familia allá, se quedó. (Dos vacantes a llenar). El Párroco de Villaguay presentó su renuncia la que iba a ser aceptada. (Tres vacantes que llenar). Otro sacerdote murió.
Mis colegas, que sabían de mi pedido de Teniente o de Cura en mi lugar, me bromeaban.
–Imposible que consigas Teniente.
Solo un milagro podía salvarme. Y en la Parroquia se empezó a rezar, para pedir el milagro. Los meses de espera se iban convirtiendo en un año. “¿Y el milagro?” Me seguían diciendo los colegas.
Yo confiaba en Dios y en la palabra del Sr. Arzobispo. Pero cuando me lo prometió el Sr. Arzobispo, no sabía lo que iba a suceder. Si me decía que no podía enviármelo, yo lo comprendía. Hice preparar una pieza, la pinté y la arreglé. Me trasladé a las nuevas habitaciones. Paso octubre, noviembre…
Ninguna noticia.
Pero a mediados de diciembre uno de los colegas que más me bromeaba me trajo una buena nueva.
–¡Parece que es cierto!!
El 30 de diciembre amaneció lloviendo. Era la media mañana cuando sonó el timbre. Abro… y era ¡el milagro en persona! El padre Kemmerer venía a establecerse. Llamé a la Sra. de Rojas.
–¡Señora! La rebajo de categoría, la saco de Teniente. Ya tengo uno de veras.
Ya hace cerca de un año que está conmigo. No quiso aceptar el cargo de Cura Párroco. Quiso estar de Teniente para ayudarme. Es un regalo de Dios. Obediente, alegre, trabajador, activo, siempre dispuesto a todo. La gente lo quiere. Los chicos lo adoran. Todos los días en la Misa digo: “Gracias, Señor, por el regalo que me diste en la vejez.”
Dios es siempre bondadoso. Lo es, a pesar nuestro. Pero ha sido conmigo de un modo extraordinario.
Me libró de tantos peligros de alma y de cuerpo. Me sostuvo en los momentos difíciles. Me llevó a donde yo no quería y en donde me hizo sentir alegría y felicidad. Nunca podría encontrar tanta felicidad como la encontré en el sacerdocio. Recorrí media Diócesis. Pasé por todos los grados, desde Teniente Cura a Vicario General. Me elevaron y me rebajaron. Si tuviera que empezar de nuevo, volvería a empezar con mayor alegría en los mismos lugares. Con una diferencia. Trataría de hacerlo mejor. Con santidad. Predicándola siempre, no la he alcanzado ni de lejos.
Fui pobre en Larroque sin tener lo necesario para comer. No tenía que ponerme en Gualeguaychú. No hubiera cambiado mi apostolado sacerdotal de entonces, por la mayor riqueza del mundo. El sacerdocio es un sacrificio: hay que vivir sin familia, adonde lo manden, sin horarios, sin vacaciones la mayor parte de la vida. Pero nadie comprende lo hermoso de la vida sacerdotal, sino el que es sacerdote.
Nunca pensé venir a este pueblo de Hasenkamp. Vine por obediencia. Y es donde encontré una familia nueva. La gran familia parroquial, donde se me aprecia. Aquí quisiera morir. Sabría que cada persona que vaya al cementerio no dejará de rezar un Ave María en mi sufragio.
Tengo muchas cosas que me pertenecen. La Iglesia me las dio, a la Iglesia se las dejo. Todos mis muebles quedaran para la Parroquia. Mi auto está a nombre del Arzobispado. Si de ellos se saca dinero, que quede para una obra de la Parroquia. Después de mi muerte, seguiré haciendo obras.
Mis feligreses son mis hijos: ellos heredan.
Todos los días en la misa ruego por los difuntos de la familia. Hace casi un año, no admito intenciones para mi misa. La celebro tempranito a mis intenciones. En primer lugar, mis padres y hermanos difuntos. Ellos se sacrificaron por mis estudios. Se sacrificaron sin saber si yo llegaría al Sacerdocio.
Nunca me echaron en cara el aporte que hicieron. Por todos mis parientes difuntos. Los tíos, sobrinos, primos. Por los familiares que viven. Para que Dios los bendiga acá y los lleve después al cielo.
Por los Sacerdotes y Obispos difuntos. Por los que me acompañaron en las Parroquias. Por los que trabajan actualmente. Por los seglares de la Parroquia que me ayudan: los de la Legión de María, Los del Cursillo de Cristiandad. Por los niños de la A.C. y del Catecismo.
Por los que ofendí o escandalicé o a quienes di el mal ejemplo. Por los que un día se confesaron conmigo. Por los que rezan por mí. Por los que se encomendaron a mis oraciones: vivos y difuntos.
¡Gracias, Señor, por haber sacado a este “gurí” de entre las vacas para hacerlo tu Ministro!

Texto extraído de un impreso realizado en mimeógrafo donde monseñor Bidal redactó sus memorias y que fuera donado a la parroquia por su familia.
Monseñor Herminio Bidal falleció el 29 de marzo de 1979. Sus restos fueron velados durante dos días en el templo parroquial, luego trasladados a pie y acompañado por su pueblo hasta las vías del ferrocarril junto a cuarenta chicos de la Acción Católica.
Sobre su sepultura en el cementerio local se construyó una capilla. En su lápida, dictado por él mismo, está el siguiente epitafio: “Aquí descansan los restos del P. Herminio Bidal esperando la resurrección final. Recen un Ave María por mí”.
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