Historia,  Personajes

Don Eulogio Acosta

Era un habitante de la Manzana 30, vecino de los Fernández, una persona muy especial que llegó a Hasenkamp como tropero ayudando a mucha gente que se dedicaba a la compra y traslado de hacienda y más tarde ayudando en las carnicerías o haciendo algunas changas como arriero.

Conocí a don Eulogio en los primeros años de mi infancia cuando él era ya un hombre maduro, casi anciano. Vivía muy cerca de mi casa junto a su compañera Asunción, mucho más joven que él. Ella vivió muchos años, siendo casi centenaria, en la casa de su buen hijo Luis y su nuera Gladys.

Traigo a la memoria el nombre de sus hijos: Indio, China, Pancho, Cococho, Alicia, Luis y Felipe. Algunos de ellos viven aún en esta localidad, lo mismo sus nietos y bisnietos.

Tengo en mi retina a don Eulogio con su vestimenta oscura, su saco, sus bombachas, sus polainas de las que asomaban sus gastadas alpargatas y su chambergo con el ala doblada hacia atrás. Lo recuerdo ensillando su caballo rosillo muy temprano para salir a buscar el sustento para su familia o a su figura bajo la sombra de las inmensas higueras que lo protegían en las calurosas siestas del verano.

Su andar era lento, yo diría sigiloso, su hablar bajo y pausado, sus ojos casi nublados por el paso del tiempo y su casi imperceptible sonrisa.

Don Eulogio llegaba por las tardes a la ancha vereda de mi casa a conversar o, mejor dicho, a responder el interrogatorio al que lo sometíamos, deseosos de conocer el pasado de nuestra patria. Nos contaba que había servido, siendo muy joven, en el ejército de Urquiza en la confrontación entre unitarios y federales. Según él había ejercido como policía persiguiendo a fugitivos y cuatreros.

Nosotros almacenábamos mentalmente sus narraciones sobre las luchas intestinas, el accionar de los gauchos matreros, sus costumbres y su forma, muchas veces sangrienta, de actuar. A veces nuestro cuestionario era derivado a otros temas, pero él callaba. No sé si lo hacía porque no le gustaba recordar algunas cosas o porque quería guardar sólo para él algunos recuerdos de juventud.

Esas narraciones eran recompensadas con yerba y sus tan deseados cigarros. Luego de recibir el regalo se iba silbando bajito a fumarlos bajo sus queridas higueras.

Don Eulogio llegó a este pueblo con un bagaje de ilusiones y esperanzas que desgraciadamente no se cristalizaron materialmente, pero sí dejó valiosos recuerdos en nuestras mentes juveniles que perduran aún en nuestra edad madura. Por haber enriquecido a nuestros conocimientos lo recordaré siempre con mucho afecto.

¡Gracias don Eulogio!

Texto de Lilí   (Juana Evangelina Ruiz Moreno de Ziegler)

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