Comercios

De boticarios y farmacias

A principios del siglo pasado, las boticas eran un verdadero lujo para los pequeños poblados de ese entonces, con sus estanterías de madera, vitrinas de cristales biselados y frascos llenos de misterio. Algunos mostraban en sus frentes inquietantes etiquetas con calaveras y tibias atravesadas con un aviso de peligrosidad, otros guardaban en formol la ondulante figura de alguna víbora. Y sobre el mostrador, enormes frascos de vidrio con soñados caramelos y confites de colores.

Aquellas boticas vendían diversas sustancias que se clasificaban como medicamentos simples, preparados y compuestos.

Los primeros no tenían mayores regulaciones y eran elementos naturales, por lo general hierbas, con poca transformación técnica y se utilizaban para la cura de enfermedades generales.

Los preparados, en cambio, eran sustancias simples con algún proceso leve de transformación como polvos con el uso del mortero o elixación, al obtener un zumo o elíxir por cocción.

Por último, los compuestos eran los medicamentos que el boticario realizaba en su laboratorio siguiendo las indicaciones del médico que había redactado la receta.

Para estos, según el pedido, preparaba distintas formas farmacéuticas como pomadas, pastas, jarabes, lociones, extractos, tinturas, píldoras o sellos. Estas preparaciones se llamaban “fórmulas magistrales” que eran registradas, siguiendo la receta médica, en un gran libro llamado “Recetario”.

Lo entregado al cliente debía estar rotulado con los datos de la farmacia y del boticario, la composición completa de los principios activos y la cantidad utilizada, el número con que había sido registrado en el Libro Recetario, la fecha de preparación y el nombre del médico que había realizado la prescripción.

Actualmente, aunque casi no se realizan preparaciones magistrales, estos libros se siguen usando fundamentalmente para asentar el movimiento de psicofármacos y estupefacientes que son de venta controlada y con recetas de archivo.

Para poder preparar estas fórmulas magistrales, se debía contar con una gran reserva de drogas o principios activos y excipientes o bases, conservados en diversos recipientes de vidrio o porcelana. Los más comunes eran frascos de color caramelo con tapas de bordes esmerilados.

En esos innumerables frascos se guardaba, por ejemplo, ácido bórico, ácido cítrico, ácido fólico, ácido salicílico, agua de cal, agua D’Alibour, alcanfor, azufre precipitado, bicarbonato, borato de sodio, carbón activado, clorhidrato de morfina, cloroformo, cloruro de potasio, codeína pura o fosfato, cloruro de sodio, eucaliptol, feniletil barbiturato sódico, formalina, glicerina, glucosa, hipoclorito de sodio, yodo, ioduro de potasio, lactato de calcio, lactosa, lanolina, linimento óleo calcáreo, manteca de cacao, mentol, nitrato de plata cristalizado, oxido de zinc, permanganato de potasio, podofilina, resorcinol, etc.

Un local de farmacia solía tener varios cuartos o ambientes. Uno para la atención al público con su mostrador y sus vitrinas, otro para depósito, uno adicional para la elaboración de las recetas y un gabinete sanitario donde se aplicaban inyecciones, vacunas, nebulizaciones y otras prácticas farmacéuticas.

El boticario realizaba su alquimia en un cuarto llamado obrador -una especie de laboratorio-, donde tenía diversos aparatos e instrumentos como morteros de porcelana, vidrio, bronce o mármol, balanzas con un juego de pesas de diferentes tamaños, embudos de vidrio, buretas con su agarradera, espátulas de acero, tamices, gradilla con tubos de ensayo, varillas de vidrio, vasos de precipitados, un destilador de cobre y diversos matraces y probetas de vidrio graduadas.

Para la elaboración de los medicamentos, además de la indicación del médico que realizaba la prescripción, el boticario debía seguir las regulaciones de la farmacopea vigente que establecía las normas para cada materia prima y excipientes utilizados con especificaciones sobre la calidad física, química y biológica de los mismos.

Estas normas, que venían desde la antigüedad, habían tenido su primera forma oficial en nuestro país en 1822 cuando Bernardino Rivadavia reglamentó por decreto el ejercicio de la Medicina y la Farmacia, estableciendo que “la elaboración de las medicinas en las boticas será en todo arreglada a la Farmacopea española” que ya tenía su cuarta edición.

Posteriormente la influencia de la cultura francesa en la formación médica de aquella época hizo que se adoptara la Farmacopea francesa.

Finalmente, en 1893, el Congreso de la Nación convirtió en ley el texto de la farmacopea propia al que se denominó Codex Medicamentarius de la República Argentina, obligatorio para todas las farmacias.

Desde entonces, con sucesivas actualizaciones, será el código oficial donde se describen las drogas, medicamentos y productos médicos necesarios o útiles para ejercer la medicina y la farmacia, especificando lo que concierne al origen, preparación, identificación, pureza, valoración y demás condiciones que aseguren la uniformidad y calidad de sus propiedades.

Nuestros boticarios

Los primeros en instalarse en Hasenkamp, pocos años después de fundado el pueblo, no fueron farmacéuticos recibidos, sino idóneos, es decir, personas que, por lo general, habrían adquirido la práctica como aprendices o empleados durante algún tiempo que luego decidían ejercer por cuenta propia. Para ello rendían una prueba de suficiencia ante las autoridades de Salud Pública de la provincia, quién los autorizaba a ejercer la profesión.

El primero de que se tenga noticias fue Juan Borré, quién llega en 1913 proveniente de la ciudad de Victoria. Luego de tener su farmacia en distintos lugares, se establece definitivamente en una propiedad que adquiere -y aún existe- en calle Sarmiento y diagonal Libertad. Allí permanece con su local hasta 1943 en que emigra a Paraná.

En 1915 llega Estanislao Iñíguez y se instala con otra farmacia en la manzana 19, lote b, en la esquina de las actuales calles Francisco Ramírez y Dr. Julio Haedo. El local era una casa de material con pisos de ladrillos y techo de paja a dos aguas, propiedad de don Sixto Nieto.

Al ausentarse Iñíguez, en el mismo lugar continúa con el negocio Simón Romero, otro farmacéutico idóneo que, años después, en 1927 cumpliría funciones de Alcalde.

El edificio de la calle Ramírez sobreviviría durante muchos años, aunque el techo de paja había desaparecido en su frente aún se leía el cartel que decía “Farmacia”. En la década del ´80 fue demolido para construir en el lugar el barrio 30 de Octubre.

Recién en 1931 llega al pueblo Ramiro Cándido Ferro, el primer profesional con título de Farmacéutico y Bioquímico, procedente de Villaguay.

Para la llegada de este profesional, se construye un enorme edificio en el lote f de la manzana 8, en la esquina de las actuales calles 3 de Febrero y Diagonal Libertad, donde hoy funciona el Profesorado. Lo hacen construir los hermanos Gerbotto con el albañil don Francisco “Queco” Pasutti. Para la época era un gran edificio suntuoso de amplios ventanales que tenía los modernos laboratorios instalados que requería la profesión en ese tiempo.

En 1950, Ferro, hace construir su propia farmacia en la calle Urquiza y allí ejerce hasta su muerte en 1972. Continúan con la actividad su hermana María Isabel (Yita) y su sobrino Gabriel Ferro, bajo la regencia del farmacéutico Luis Néstor Giménez.

En 1964 se instala en el lote d de la manzana 9, en una casa de propiedad de la familia Sioch, el farmacéutico Rubén Bautista Castellani, quién años después adquiere el terreno de la esquina de Urquiza y 25 de Mayo en parte del lote c de la manzana 10. Allí construye su propio local junto a su casa de familia.

En 1984, después de 53 años de existencia, finalmente cierra sus puertas la Farmacia Ferro. Giménez instala su propia farmacia sobre la Av. San Martín en la antigua casa que fuera la tienda de Rothman y allí funcionará por varios años.

En la actualidad, son cinco las farmacias que desarrollan su actividad en Hasenkamp: Farmacia Castellani en calle Urquiza 298, Farmacia Ideal en Sarmiento 743, Farmacia Acuario en la esquina de Sarmiento y 3 de Febrero, Farmacia Farmashop en 3 de Febrero y Dr. Julio Haedo y Farmacia Hasenkamp en Diagonal Libertad.

Poco tienen que ver estas modernas farmacias de medicamentos industrializados con las antiguas boticas de preparados artesanales, pero, así como varias de ellas guardan y exhiben algún artefacto o un inconfundible frasco color ámbar, de alguna manera también permanece allí el espíritu de aquel antiguo oficio de brindar medicina.

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