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La Cosecha

  El transcurso del año, con sus cambios, tenía una serie de implicancias en el ambiente, que juegan un papel preponderante en la actividad del campesino.

  Junio cubría de luto los campos con los cordones tendidos por los arados que bordaban arabescos sobre la superficie hosca de la tierra.

  Agosto manchaba con verde, al reventar las semillas su maternidad.

  Setiembre y octubre amalgamaban distintos tonos de verdes con el azul de los linares.

  Noviembre teñía de amarillo los trigales, de cobre los linares, a los que la brisa con sus caricias los hamacaba, mientras el sol destellaba su luz apurando la sazón.

  Para ésta última época la casa se llenaba de movimientos, de sonido de martillos sobre los hierros y el yunque. Ello delataba el quehacer de la preparación para la cosecha.

  ¡Cosecha!  ¡Esperanza! Cuajar de ilusiones arrulladas por escarcha y trabajo, relumbrare de vertederas, chirridos de ruedas, resoplido de baguales en las madrugadas frías del invierno. Lluvias que hincharon el vientre de las semillas y alzaron las varas esperanzadas para arrullar el grano.

  ¡Bendito momento! Manos callosas que, con coraje, fe y optimismo, se tendían en busca de la bien merecida recompensa.

  Comenzaban a sonar el acompasado tac, tac, tac, de las cortadoras, las que, recogiendo las gráciles plantas, les estrechaban la cintura en un atado.

  La horquilla alzaba al carro la promesa amarilla que en las parvas esperarían el momento de entregar el grano que volverá a la masa en la hogaza blanca del pan.

  Fui testigo y actor de estas inquietudes, de las esperas llenas de esperanza y decepciones.

  Los más lejanos recuerdos sobre la cosecha se remontan a la época en que había que orquestar una serie de tareas, cuando la máquina se movía con motor a vapor y necesitaba colero.

  Demandaba hasta tres meses el proceso.

  Todo comenzaba cuando la cortadora abría la primera faja en el seno del sembrado. Luego había que engavillar, emparvar, esperar la trilladora que llegase en su itinerario. Era un prolongado lapso que acumulaba tensiones y mucho dependía del comportamiento de la naturaleza.

  Cuando el astro rey rompía las tinieblas, se comenzaba la tarea, que se prolongaba hasta que el día comenzara a cerrar los ojos. Sólo se suspendía para el frugal desayuno, el almuerzo y el reconfortante y tradicional mate cocido.

  Llegaba el momento, que allá en la cresta de la loma, aparecía un penacho de humo negro. Era el motor a vapor que jadeante trataba de remontarla trayendo a remolque, abrazada a su cintura, la colorada trilladora, la casilla, la chata y al final zigzagueando, el barrilito de agua, que servía de abrevadero a los hombres. A su alrededor, quince o veinte personas a su servicio.

  La llegada a una chacra era todo un acontecimiento. A la vera de una parva se alineaba la máquina y motor. La larga correa comenzaba a galopar arrancando un bramido del cilindro.

  Un chorro de paja empezaba a describir una curva con pretensiones de circunferencia y que al final iba surgiendo un montón.

  Del vientre de aquella matrona colorada, la máquina, cuadrada, llena de movimientos, empezaba a manar el grano.

  La balanza volcaba en cifras la espera y realidad de un sueño.

  Rostros alegres o sombríos, según estuvieran o no cumplidas las expectativas.

  El acarreo a los galpones de la casa, desde donde tendrían su destino final aquellas bolsas.

  El motor a vapor cedió el paso al tractor que se alimentaba con un derivado del petróleo, más ágil, menos complicado en su uso.

  Hoy las técnicas han reunido: cortadora, tractor, trilladora, y hasta acarreo, en un solo mueble, abreviando así tiempo y ahorrando paciencia.

  Yo tuve todas estas vivencias. Fui niño campesino. Mamé estas expectativas. Sentí en carnes propias los placeres y angustias.

  Estos recuerdos van hacia los primeros años de mi vida. Allá en la Colonia “Centenario” (Viale), en la lomada donde vine a la vida, existía un gran galpón de zinc donde dormitaba de enero a noviembre la trilladora “Avance Rumelly”, de color rojo. A su lado el motor a vapor “Clayton”.

 

Colonos de los campos de Predolini, luego Colonia Oficial N° 4

El inicio de la cosecha era fiesta para mí. Al empezar a bufar al motor me prendía del cable y lo hacía lanzar un silbido.

  Luego vino el tractor “Allis Chalemers”, verde. Hasta aquí era el placer de andar, luego la vida me enfrentó a la responsabilidad de ser engrasador, junto a mi padre.

  ¡Qué lindo que son todos estos recuerdos!

Texto de Juan Carmelo SALAMONE

«Pataludo y otros recuerdos»

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