Comercios

Librerías de antaño

La primer librería que recuerdo fue la del señor Gómez a quien cariñosamente le llamaban “La Perdiz”. Anexada a su negocio, también atendía una peluquería para varones. Su esposa, la señora Carlota Espuñardi, fue maestra de la Escuela 71 por los años 1929 a 1932.

Esta librería estaba ubicada en la calle Sarmiento, más o menos a la altura donde hoy se encuentra el Sanatorio Hasenkamp.

Allí se podían comprar lápices Faber Nº1 y 2, variadas cajas de lápices de colores y de madera con tapita corrediza de varios compartimentos donde colocábamos lápices, lapiceros, plumas cucharita, gomas para borrar y sacapuntas.

Hago especial referencia a los tinteros de vidrio con inseguras tapas de corcho o goma donde se ponía la tinta azul o negra para escribir con las plumas que  se colocaban en los lapiceros. Se fabricaba con un polvo especial que venía en sobres y se necesitaba un litro de agua para disolverla. Así se obtenía la tinta que era nuestra obsesión y la preocupación de nuestras madres porque al derramarse producía grandes manchas en nuestros guardapolvos. Estas eran objeto de tratamientos especiales para quitarlas, ya sea con alcohol, leche caliente, limón o largas exposiciones al sol.

Los redondos tinteros solían rodar por el pupitre cayendo sobre nuestras faldas a los movimientos del compañero inquieto del asiento de adelante.

Para absorber el líquido derramado usábamos papel secante que se compraba por hojas en la librería o tizas que sacábamos del depósito del pizarrón, luego de un “Permiso señorita”

Ahora ese problema está resuelto con el uso de las biromes, por eso las mamás ya no tienen que hacer la diaria recomendación: “¡Cuidado con volcar el tintero!”

En la librería de Gómez también se podían comprar las figuritas con brillantina que hermoseaban nuestros deberes y los textos de lectura “Paso a paso”, “Progresa”, “Prosigue” y “El trabajo” entre otros.

Una especial mención merecen las recordadas pizarras que eran utilizadas en los grados inferiores primero, primero superior o segundo. En ellas se realizaban en forma escrita los diarios dictados y las operaciones aritméticas.

Estaban fabricadas con una lámina gruesa llamada pizarra, rodeadas por un marco de madera, perforado en uno de sus lados. En ese orificio se ataba un piolín y el otro extremo sostenía una esponja vegetal que siempre estaba húmeda para borrar con ella lo que se escribía. Al instante se secaba la superficie y enseguida se podía escribir nuevamente.

Las pizarras eran frágiles y se quebraban o marcaban con facilidad. Para amortiguar los golpes, nuestras madres nos confeccionaban, con telas, gruesos forros que las resguardaban mucho

En el museo 24 de agosto puede encontrarse una que perteneció a los hermanos Siede, como así también los libros de lectura arriba mencionados.

A lo mejor en nuestros hogares aún quedan algunos de estos útiles que traerán gratos recuerdos a los queridos abuelos.

Texto de Lilí (Juana Evangelina Ruiz Moreno de Ziegler)

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