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Más perdido que turco en la neblina

Está claro que esta frase se refiere a una persona que está totalmente desorientada, en una situación que no sabe para donde ir, perdida, sin encontrar alternativas, ni soluciones a algo o simplemente por no ver el camino a seguir.

Desorientado, perdido, como alguien que se pierde en el monte, en la ciudad o a causa de una intensa niebla que reduce la visibilidad.

Pero sobre la frase en sí, se le adjudican distintos orígenes, algunos aseguran que tiene origen europeo, más precisamente en la Germania del Imperio Romano, donde la palabra “turco” tendría el significado de borrachera o embriaguez. Para los españoles, tendría un significado parecido, llamaban al vino puro, sin estar rebajado con agua, como “vino moro” o “vino turco” porque no había sido bautizado y ante esta denominación a una borrachera se la designó como “turca”, “agarrarse una turca” era emborracharse. Hay que recordar que los españoles llamaban moros a los árabes que habían invadido la península y donde se mantuvieron por ocho siglos.

Entonces, ¿qué significado tendría el refrán?, un turco, es decir un borracho, andará en la neblina más desorientado que si estuviera a pleno sol. Pero resulta que el agregado de la neblina se debería a la picardía criolla, es decir, que fue agregada al refrán cuando este llegó al Río de la Plata, ¿quién podría andar más desorientado que un borracho que se pierde en la niebla?

Otros en cambio hacen referencia a que el refrán es nuestro. Daniel Balmaceda, en su libro “Historias de letras, palabras y frases”, de Editorial Sudamericana, hace referencia que la frase “Perdido como turco en la neblina”, era en realidad, “perdido como ‘tuco’ en la neblina”. El “tuco” o “tucu” (voz quechua), es una luciérnaga que habita en el norte argentino.

Cuando el vocabulario fue bajando y llegó a Córdoba no se le encontró sentido y fue virando hasta que se llegó a cambiar la palabra tuco por turco y se inventaron historias de turcos que se perdían por los caminos si había niebla.

Tal vez, esta luciérnaga es la que nosotros denominamos “tuca” y que al ingresar en la niebla pierde su luminosidad y con ella su orientación, aunque la asocio más con el verano y las noches de calor que con la niebla más propia del otoño e invierno.

Para mí la mejor interpretación es la que hace don Arturo Jauretche, en su libro “Pantalones Cortos” de Editorial Corregidor, “Los turcos salían al campo en sulky o carritos con su mercado persa ambulante y otros que recorrían a pie la campaña con un enorme atado sobre la espalda: éstos eran los que se perdían en los días brumosos y por lo que quedó el dicho: “perdido como turco en la neblina”.

Turcos se les decía a sirios y libaneses y aún a los griegos, todos entonces bajo el dominio de la Media Luna, el Imperio Otomano (turco), herederos del nomadismo árabe y del comercio de los fenicios, buscando refugio y paz ante las luchas por la independencia y los conflictos religiosos, habían llegado a la Argentina, diseminándose por todo el territorio.

El comercio era la actividad por excelencia de ellos, a quiénes ni lo más rigurosos contratiempos los detenían en su obstinado afán de “vender y vender”.

Nada los detenía, ni siquiera la niebla, mientras otros se resguardaban hasta que pase, los vendedores ambulantes turcos seguían adelante, aunque la actividad comercial la debían realizar en zonas rurales, cuando esto ocurría, abandonaban sus carros o vehículos al costado del camino, y a pie, cruzando tranqueras y alambrados, guiados por los ladridos de los perros se dirigían a los caseríos y cascos de Estancia. Su problema no era perderse en la niebla, su problema era no llegar a vender sus mercaderías.

La Villa recibió una importante llegada de inmigrantes de origen sirio libanés, la mayoría de ellos se dedicaron al comercio y algunos se dedicaron a la venta ambulante. Un caso para mencionar fueron dos hermanos: Amado y Antonio Miser.

Establecido en la actual calle Dr. Elberg, Antonio, y en la esquina de Elberg y 25 de mayo, Amado. Este se movilizaba en un charré con tres animales, dos caballos en los laterales y una mula al medio, luego cambiaría este transporte por un sulky tirado por un caballo zaino. Su rubro era la mercería: telas, hilos, agujas, botones, elásticos.

Su hermano Antonio se movilizaba en un charré y comercializaba frutas y verduras, golosinas y algunas telas, también adquiría o trasportaba a su regreso cueros de las carnicerías de campo a la barraca de Cesáreo Rodríguez.

Según comentarios de Doña Pascuala Leonarduzzi que hasta su casa, ubicada en Colonia Carrasco, Departamento La Paz a 40 km de Hasenkamp, llegaban los hermanos Miser. Eran muy apreciados por las familias de los lugares que recorrían, las que les brindaban, además de la calidez de un hogar de campo, el alojamiento durante las noches. (1)

(1) Hilda Ester Montórfano – “Memorias de pueblo Bellocq, estación Las Garzas” – Diversa Editorial, Paraná, 2015, pp.85

Un comentario

  • Ezequiel Lescano

    Interesante planteo. Me inclino por la borrachera, aunque es probable que hayamos hecha propia la frase resignificandola con el planteo final desarrollado en el relato…

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