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Liliana Francisconi, maestra rural

El cementerio de Hasenkamp está desbordado de flores. Cada una de sus bóvedas, cruces y lápidas tiene un ramo de colores que alegra un lugar esencialmente triste. Detrás del cementerio está la ermita a la Virgen de Schoenstatt. A pocos metros, un camino de tierra que pareciera conducir a ningún lado: sólo se ve el cielo infinito. Un sol radiante que aprieta con furia. Un monte bajo de espinillos. Álamos desperdigados como edificios flacos. Y mucha tierra. El polvo que se levanta al andar es insoportable y espeso. Hace tiempo que no llueve. Y eso, acá, no termina de ser un problema. Porque si llueve, este trecho se vuelve intransitable. El camino se transforma en barro y no hay camioneta capaz de atravesarlo. Pero con la seca, como sucede ahora, los animales y las cosechas pueden llegar a desaparecer.

Un camino, entonces, de una tierra imposible. Y después de andar cinco kilómetros, cuando el silencio sólo es quebrado por el grito de los teros, indiferente a todo, blanca, inmaculada, con un jardín de crisantemos perfecto en su simpleza, allá está la Escuela Rural N°81 “Francisco Paula de Santander”.

Esto es Paraje Parera, Departamento La Paz, Entre Ríos.

La bandera argentina flamea alta sobre el mástil. Y nueve niños de entre 6 y 10 años, con guardapolvo blanco, forman fila y cantan. La escuela es grande. Mejor dicho: el terreno es grande. La escuela en sí es una casita con un aula amplia donde conviven y aprenden los alumnos sin distinción de grado. Tiene, además, un pequeño comedor donde cada mañana se desayuna y almuerza, y un baño del que cuelgan nueve toallas con sus nombres y nueve cepillos de dientes. Hay, también, una cocina y un depósito. Y al fondo del terreno, ocupando más de media hectárea, la naturaleza hecha obra: una huerta con zapallos calabaza, lechuga, tomate, ajo, cebolla, zanahoria y muchas otras verduras.

En el corazón de este paisaje está Liliana Francisconi de Picotti: 51 años, guardapolvo blanco. Un rostro ajado y las manos curtidas.

“Uno nunca sabe si el día de mañana estos chicos van a tener que plantar su propia comida. Acá al menos aprenden lo que es trabajar la tierra –explica, mientras remueve la tierra y riega una fila de zapallos–, Acá, al menos, aprenden del agua, de los ciclos. Trabajan la paciencia. Además, si los gurises vienen con algún problemita de la casa, yo les digo “tome mijito, agarre la pala y vaya a cavar”, ¿Sabés cómo se te va la agresión cuando tenés que cavar? Te olvidas de todo”.

Liliana es baja y lleva el pelo muy corto. En el pecho, tiene una escarapela, pese a que hoy no es fecha patria. Pero es que Liliana Francisconi de Picotti hace patria todos los días. La hacen ella y todas las maestras rurales de la Argentina. Lo de Liliana escapa a cualquier tipo de lógica. Ella no hizo de su trabajo un empleo, sino una vocación auténtica. ¿Cómo se explica, si no, que todas las mañanas, a las siete en punto, en su Renault 12 modelo 71, esta mujer pase a buscar a sus propios alumnos, los lleve hasta la escuela, les dé clase, les cocine, les enseñe a trabajar la tierra, los escuche y contenga? Y si están enfermos, los cure. Y si están enojados, los calme. Y si no tienen para comer, les de verduras. Y si llueve, bueno, si llueve la historia no cambia demasiado. Porque estos chicos saben que Liliana los recogerá una hora antes. El Renault 12 quedará estacionado en la puerta de la ermita y todos juntos caminarán durante más de una hora hundiendo las botas de goma, si las hay, en un barro espeso.

¿Cómo se explica que existan hombres y mujeres capaces de concebir la vocación docente con un ánimo, en cierta forma, religioso? Parte de la respuesta está en la Historia. Hace más de cien años, Domingo Faustino Sarmiento emprendió la labor surrealista de importar maestras a la Argentina. Fueron cerca de sesenta mujeres que, provenientes de Estados Unidos, arribaron a la parte más remota del mundo, con un objetivo tan noble como insólito: enseñar. Su tarea fue heroica y, también, un modelo para las miles de mujeres que eligieron el magisterio como vocación.

Liliana, acaso sin saberlo, es una de esas herederas. Es maestra rural desde hace treinta y un años. De ellos, dieciséis los ejerció en esta escuela. Hace tanto días, miles, que se levanta a las seis de la mañana en su casa de Hasenkamp, pone la pava para el mate y –casi como un acto reflejo– enciende el televisor “para llegar un poco informada a la escuela, para saber que pasó”. Su marido, el Pocho, la acompaña en esta cebada matutina.

Pocho y Liliana llevan juntos más de treinta años. Al principio, eran tan sólo vecinos en el pueblo Las Garzas. Luego fueron novios (y él sería su único novio). Finalmente se casaron cuando ella tenía 22 y él 35. Liliana cuenta la historia –y mira a su hombre– con una pasión casi adolescente. Tienen tres hijos: Fabricio, ingeniero agrónomo que vive con ellos. María Belén, casada y con dos hijos, que también vive en Hasenkamp. Y la menor Angie, que estudia Sistemas en Paraná.

Su casa es muy sencilla: tres habitaciones y un baño. Afuera, un patio con un chispero y un horno de barro en el que hacen pan. El corazón del hogar está en la cocina: un televisor siempre encendido. Las noticias de Buenos Aires parecen provenir de un mundo tan lejano (casi irreal) que no alteran el humor de esta mañana soleada. Y mientras las imágenes retumban en la sala, Liliana toma mate, ordena un poco su casa y deja todo listo para la escuela.

Buen día, señora.

La mañana acaba de empezar y el saludo de los alumnos se repite al unísono. Ya dentro del aula, sentados en pupitres de madera, con sus cuadernos y lápices, siguen las indicaciones de Liliana como si fueran ley. Las paredes están decoradas por la historia de esta escuela. Hay fotos de los chicos en la huerta, dos bibliotecas con libros y manuales, útiles escolares, mapas y un gran pizarrón negro que cruza de punta a punta la pared. En el fondo y de espalda a los alumnos, un televisor encendido con el sonido bajo: si lo apagan, la conexión de cable se corta y tienen que pedir que vuelvan a conectarla.

A ver, los de tercer grado. Vamos a hacer divisiones –anuncia Liliana y simultáneamente anota una cuenta en el pizarrón. Cinco alumnos abren sus cuadernos y comienzan a hacer la operación aritmética.

 Ahora, quinto, números romanos –avisa. Quinto, en realidad, es un solo niño, Brian. Liliana se acerca y le dicta diez números de seis cifras para que los convierta a números romanos.

A ver, Yasimel, vamos a hacer cuentas –sigue y se acerca a la primera fila: un chico de 6 años, de ojos pícaros, comparte el pupitre con Daiana, la única niña del aula–. Quiero que hagas antes y después.

Liliana anota números en el pizarrón y Yasimel, tiza en mano, empieza por el once. Coloca a la izquierda el 10 y a la derecha el 12. Y sigue, victorioso, con los números restantes.

El orden dentro del aula es estricto. El respeto a la maestra, sobresaliente. “Yo siempre trato de incentivarlos –cuenta Liliana, mientras los chicos hacen la tarea–. Hay algunos más lentos que otros. De todos modos, yo siempre les digo “que bueno, lo que hacés está muy bien”. Muchos de estos chicos en la casa se sienten patitos feos. A todo le dicen que no. Pero de pronto, si uno les da una palabra de aliento, si uno los enaltece, se pueden sentir como cisnes. Conmigo no se portan mal. Tal vez sea el trato que les doy. En realidad, yo los quiero mucho, qué querés que te diga. Los quiero un montón y eso creo que se nota”.

¿Cómo se hace para trabajar con las carencias propias de una escuela rural?

La verdad, recibo mucha ayuda. Me mandan calzado, comida, ropa, útiles. Cuando llegan las cajas, los chicos las abren y ellos solitos anotan todo lo que ingresa. Sé que son pequeñas cosas que los forman. Quiero que se acostumbren acostumbren a cuidar, a no tirar, a valorar. Porque si a ellos no les cuesta ese par de zapatillas, a la gente que lo compró sí. Si a ellos no les cuesta ese guardapolvo, a otro sí. Les doy un par de zapatillas en marzo, y lo usan sólo para la escuela. Y después en la fiesta del 9 de julio, les doy un parcito nuevo, para que estén bien presentables.

Muchas veces se culpa a la escuela de los problemas de aprendizaje de los chicos…

Creo que el problema está en que los padres no ponen límites. Es muy cómodo decir “no tengo tiempo, no puedo, trabajo todo el día” y echarle la culpa a la sociedad, a la escuela… Les cuesta a los padres de ahora mirarse un poquito y decirse: “¿Qué hago con mi hijo?”. Si llego a casa y en vez de estar con ellos les digo andá a la computadora o a la tele… eso es no hacerse cargo.

Hubo un tiempo en que Liliana Francisconi lloraba. Todos los días. Lloraba sola. Lloraba mirando el pasto. Lloraba al cielo. Tenía 13 años y lloraba como si fuera la última vez. Fue cuando sus padres decidieron que dejara su casa en el paraje Las Garzas, una casita alejada de todo. Ahí estaba su vecino Pocho. Pero también estaba todo los demás. Sus padres decidieron que dejara, entonces, su mundo para ir a una escuela rural a terminar el secundario. Y como quedaba lejos de su casa, iba a tener que vivir en la escuela.

Hasta allí llegó Liliana. Sola. Tímida y sola. Sin haber salido nunca del hogar paterno más que para ir a la escuela. Dice que lloró tanto, día y noche, que se quedó seca. Puras lágrimas que rebotaban sobre la tierra. Y que a veces, en los recreos, le daba por apartarse de ese nuevo grupo que tenía y sentarse a pensar qué estarían haciendo en su casa en ese momento. Y ahí, sola, Liliana estudiaba y trabajaba la tierra. Y lloraba.

Fue un encontronazo fuerte con la realidad –recuerda–. Ahí comprendí muchas cosas, porque yo no tenía roce con la gente. Y en la nueva escuela, veía que las chicas eran diferentes a mí. Sabían más, habían tenido materias que yo ni conocía. Me quedé como retraída, y eso mi hizo extrañar mucho a los míos. Pero no me quitó las ganas de estudiar. Al contrario, me lo propuse con tanta fuerza que siempre fui uno de los mejores promedios.

Su historia refresca esta calurosa mañana entrerriana. “Mis padres no lo hicieron de malos –justifica con voz suave–. Al contrario, ellos me querían educar”. Cuando Liliana todavía vivía con ellos, llegaba de la escuela y se sentaba con sus padres sobre un tacho a desgranar maíz con un marlo pequeño. Luego se lo daba a las gallinas. Con ese ritual doméstico ella aprendió que hay tareas que moldean el carácter. “Cuando te formaste así, tenés una cierta estructura que es difícil poder cambiarla. Los quiero formar a mis alumnos de la misma manera: en el respeto, en los valores. Por eso sé del esfuerzo de estos chicos. Por eso los entiendo. Los quiero mucho y quiero que sean buenos, que sean los mejores, que sean brillantes. Sé lo que es el sacrificio de ir a la escuela, de caminar en el barro, porque yo también lo hice cuando era chica. Sé lo que es agarrar el caballo, ensillarlo, volver a tu casa y trabajar, ordeñar las vacas. Son esas cosas las que te hacen fuerte. Y estoy agradecida por mi infancia. Porque fui feliz”.

Habla lento ahora. Su vocabulario es escueto pero su sabiduría es infinita. “Yo hablo con el corazón”, se atreverá a decir más tarde, casi como una justificación innecesaria.

Liliana terminó el colegio secundario y estudió dos años más para ser maestra rural. “Trabajó primero en una escuela cerca de su casa, pero luego la trasladaron a otra de difícil acceso. Ya casada y con su primer hijo. Liliana caminaba varios kilómetros para ir a dar clases, y ese trayecto era, en numerosas ocasiones, a puro barro. Hasta que un día, embarazada de cinco meses y después de la áspera caminata, se sintió mal. Tuvo una hemorragia muy fuerte. Hizo reposo. Pero no sirvió: María Belén nació el 24 de diciembre, de cinco meses y doce días. Pesaba 700 gramos. La estadía obligada fue la incubadora y casi cinco meses más tarde Liliana la pudo tener por primera vez entre sus brazos.

“Sufrí mucho. Mucho –describe–. Pero luego, cómo te puedo decir, se me fue haciendo carne ese sufrimiento. Miraba otros casos que había a mi alrededor y decía: “Lo mío no es nada”. María Belén creció sanita, caminó al año y medio…”

Son las once y media de la mañana y la jornada escolar va llegando a su fin. Los chicos se dirigen al comedor. Esther –una mujer que ayuda a Liliana en la escuela tres veces por semana– cocinó hamburguesas con arroz. Como una gran familia, bendicen la mesa y se lanzan sobre la comida. Después del almuerzo se lavan los dientes, se quitan los guardapolvos, los cuelgan y se preparan para regresar a sus casas.

Cuando Liliana llega a la suya, la mesa ya está servida. La televisión, siempre encendida, muestra imágenes similares a las de la mañana: las noticias de la Capital retumban como en una caja vacía. Salvo la crisis del campo que el año pasado tuvo en vilo a medio país, el resto de la información que ahora circula sin pausa es como una mala canción y nada más. Liliana, Pocho y Fabricio se sientan a la mesa, comparten un vino con gaseosas, hablan de la seca, de un posible cambio de la hora y de alguna que otra noticia del pueblo. La comida esta lista y sólo falta preparar la ensalada. Pocho prendió el fuego de la chispera temprano y, durante una hora, cocinó un pollo de su propia granja. “Es un pan de Dios –dice Liliana sobre su marido–. Es buenísimo. Gracia a él también yo pude hacer todo lo que hice. Cuando los gurises eran chicos, él me ayudaba. Lavaba los platos, cocinaba. Si yo no planchaba por dos o tres días, y él no tenía camisas para ponerse, nunca me decía nada. Igual siempre traté de hacer primero las cosas de la casa y después las de la escuela, pero él siempre estuvo a mi lado. Si en la escuela necesito algo, al primero que recurro es a él.”

Hubo un tiempo en el que Liliana era madre y maestra y esposa y ama de casa. Y sus hijos iban con ella a la escuela y vivían la extraña situación de tener a la madre en la casa y en la escuela. Y ahí se detiene Liliana. Porque el relato de su vida le pide que frene. “Mi error –admite ahora– fue tratar a mis hijos como hijos y no como alumnos. Siempre me recriminaron que los dejara de lado. Me decían: “Mami, vos nunca me hacés pasar a la bandera y nosotros nos sacamos siempre buena nota”. Y era cierto, a mí me costaba reconocer sus méritos como alumnos. Era una cosa tonta de parte mía. Si ellos eran buenos… Ahí fallé, fallé como maestra porque no tomé en cuenta su esfuerzo. Siempre me lo recriminaron. Y con razón”.

También le recriminaban que todo, absolutamente todo, se lo llevara para la escuela. Si uno de los hijos preguntaba: “¿Y el cepillo?”, el otro respondía: “Lo debe de haber llevado a la escuela”. “¿Y la tijera? “, “La debe de haber llevado para la escuela”.

Mientras lava los platos distraídamente, vestida con una remera y un pantalón, cabe preguntarse qué deseará esta mujer, cuál será su sueño, su deseo persistente. Ella se da vuelta, deja los platos, se sienta a la mesa y abre nuevamente su historia:

Uno siempre tiene sueños y esperanzas. Porque eso es lo que nos lleva para adelante. Porque quien no tiene esperanzas es como que ya se murió en vida. ¿Por qué no soñar con que mi vida puede cambiar? Creo que la generosidad de Dios es muy interesante. Y hay un dicho que dice: “Quien siembra, recoge”. Por ahí pensamos que estamos sembrando bien, y la corriente nos lleva todo. Pero tal vez nos pase lo del sembrador bueno, que sembró y cosechó, y está feliz.

¿Qué sueña Liliana, entonces?

Yo tuve un gran sueño: conocer Buenos Aires. Vos dirás, mirá qué tonta esta maestra, pero mi sueño era conocer el Cabildo, la Plaza Miserere por las Invasiones Inglesas, la Catedral.

Buenos aires. La misma que ahora se ve sumida en un caos por televisión, era para ella un calidoscopio de incógnitas, un destino inalcanzable a pocas horas de su casa. Hasta que un día de 1.998, Liliana se enteró de que existía la organización Misiones Rurales Argentinas, una entidad abocada a estimular la educación y la capacitación de las maestras del campo. Envió una carta, la carta impactó a quien la leyó y así comenzó un ir y venir que concluyó en una beca de capacitación en Buenos Aires. En enero de 1.999, a los 42 años, Liliana cumplió su sueño. Antes de viajar, hizo una misa en el pueblo y les pidió a Dios y a la Virgen que la protegieran en su trayecto. “Sólo les pedí que me ayudaran para llegar a la calle Presidente Perón, donde estaba el pensionado al que tenía que ir.” Viajaba sola a Buenos Aires. En la terminal de Hasenkamp, cuando le vendieron el pasaje, le recomendaron: “Cuando llegue a Retiro, no tome un taxi, baje por el túnel y se lo toma afuera”.

¿Vos te crees que hice eso? Yo ando todo el día pidiéndole y agradeciéndole a Dios y a la Virgen, y confiaba en ellos. Me bajé del colectivo y donde encontré un lugar para salir, me mandé. No me importó. Encontré un taxi, le di la dirección y llegué. Me impactó mucho todo. Me di cuenta de que en Hasenkamp vivimos en un mundo diferente. Acá hay dos o tres cositas y confórmate con eso. Allá hay supermercados, locales de lo que sea. Era justo la época de la carpa blanca, así que fuimos ahí con los demás maestros… Fue impresionante. Y además, lo más importante, fue que después de treinta años me sentí valorada como maestra.

Y en un instante, como si se desdoblara y escuchara sus propias palabras desde afuera, aclara:

Como maestra rural.

No fue la única vez que se sintió reconocida. En el año 2006, en un evento en la Rural, Liliana recibió un premio otorgado por Misiones Rurales. Los organizadores le pidieron que preparara un discurso para la ceremonia. Pero ella se negó a escribirlo. “Para que escribir algo que hago todos los días”, argumentó. Frente a la insistencia, redactó las innumerables actividades que realiza a diario. Sobre el final, deslizó una reflexión que aquellos que la escucharon aquel día todavía recuerdan: “Aprendamos del agua. Si cae en una planta da vida. Si cae en una rueda da energía, pero si se queda sola se evapora. Por eso, comparándonos con el agua, aunemos esfuerzos, no nos dejen solos para evitar que se evaporen los sueños de muchos niños argentinos”.

El aire esta pesado esta tarde. Pocho duerme. Liliana termina de acomodar la cocina mientras deambula con el mate. Luego, agarra un poco de plata de un frasco de vidrio y sale a la calle. En el pueblo, el silencio es absoluto. Unas pocas personas caminan, un auto pasa, lejano. Liliana va tranquila entre casas bajas y unos pocos comercios. Todos la conocen. Aunque ella no sea de verse con mucha gente. Su vida es simple incluso en eso. Las tardes, después del colegio, son su tiempo, su espacio, el momento de pausa que ella encuentra para ordenar la casa, lavar, planchar, ir a la parroquia a dar clases de catequesis, tejer y -cuando cae la tarde- recibir a sus dos nietos, los hijos de María Belén. Sus padres, su marido, sus hijos, sus nietos y sus hijos de la escuela son más que suficientes para que esta mujer considere completo el círculo social.

Y cerca de las diez Liliana toma un libro, reza y apaga la luz. Pero ni siquiera en los minutos antes de dormir se muestra cansada. Y, mucho menos; se resigna. “Yo ya estoy marcada, ya sufrí lo que tenía que sufrir y punto. Por eso ahora sufro por lo de afuera. Por mí ya no.”

Liliana ahora, finalmente, permanece a oscuras.

Pero en el aire vivo de la noche arde una chispa quieta. Una esperanza.

Teresa de Elizalde: “Un día en la vida de 24 mujeres argentinas”, Aguilar, Buenos Aires, 2009, pp. 65 – 73.

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