Mario Cabrán, “mientras alguien escuche”
En el estudio principal de LR3 Radio Belgrano la luz roja indicaba que estaban en el aire, la voz del locutor comenzó con la presentación, realizó una seña mínima con la mano y la orquesta estable de la emisora, dirigida por el maestro Leopoldo Federico, inició los primeros acordes. El bandoneón abrió con un suspiro largo, mientras los violines se acomodaban despacio, el pianista marcó el pulso con firmeza, en tanto el contrabajo caminaba por el fondo, serio y picante, acompañando la inconfundible voz de Mario Cabrán.
Leopoldo Federico, el destacado bandoneonista, director y compositor, dirigió la orquesta estable de la radio entre 1953 y 1967, consolidando su prestigio con conjuntos como “Los Notables del Tango” y “Para que bailen los Muchachos” que acompañaron a las grandes voces del tango, especialmente a Julio Sosa, con quien compartió escenarios desde 1960 hasta 1964, año de su trágico final.
Mario Cabrán era una de esas voces. Al finalizar la sesión, los músicos le insistieron para que se quedara en la Capital. Alberto Cuello, cantor de la orquesta de Alfredo De Angelis, fue el más enfático: “Quédate, Cabrán. El maestro De Angelis anda buscando un cantor de registro grave”.

Pero Mario apenas sonrió. Ya pensaba en tomar el colectivo de regreso, en volver a la pequeña villa. Tal vez las luces del centro no lo habían encandilado, o tal vez -y eso pesaba más- en la villa alguien lo estaba esperando.
En Villa Hasenkamp dejaba de ser Mario Cabrán para volver a ser el Bubi, José Luis María Salamone como lo conocían todos. Era el hijo de don Pepe Salamone y de Eva Hortensia Tesoro. Allí no era una voz de radio ni una promesa del tango: era el muchacho del pueblo, el de siempre.
Don Pepe, descendiente de italianos de Leonforte, había llegado a la Villa desde Viale, donde tuvo una carnicería. Tal vez había escapado del mandato familiar que pesaba sobre muchos de aquellos italianos: casarse con una prima, como dictaba la costumbre. Una idea que nunca le interesó y que lo empujó, sin decirlo, a buscar su propio destino.
En Hasenkamp armó su vida, su familia y su nombre. Y fue allí, entre calles conocidas y saludos de toda la vida, donde Mario -el Bubi– entendió que había cosas que ni los escenarios ni las orquestas podrían reemplazar.
Se instaló primeramente con un almacén, mientras, con sus propias manos, levantaba el edificio donde funcionaría una carnicería y panadería. En ese tiempo nacieron sus cinco hijos: Vivi, Pepa, Bubi, Negu y Carlitos. Años más tarde vendería aquel local, donde luego funcionaría la recordada panadería de Salcedo, y la familia emprendería un nuevo rumbo.
Hubo un paso por Paraná, etapa en la que Bubi asistió a la Escuela Lasalle, experiencia breve pero significativa. Sin embargo, el llamado de la villa fue más fuerte. Regresaron a Hasenkamp, donde Don Pepe volvió a empezar una vez más y construyó su nueva panadería en la esquina de las calles 3 de Febrero y 25 de Mayo, un punto que pronto se volvería referencia obligada del pueblo.
Allí, entre el olor a pan recién hecho y la vida cotidiana de la Villa, el Bubi fue creciendo, afirmando sus raíces, esas mismas que más tarde lo acompañarían aun cuando su voz viajara lejos.
Bubi había nacido el 2 de agosto de 1939. Su infancia transcurrió entre la escuela y la panadería, donde estibaba las galletas que salían rumbo al acopio de Villacampa, destinadas a abastecer a los operarios de los equipos de trilla estática que, de diciembre a marzo, partían hacia la colonia con sus motores a vapor y, más tarde, con los primeros a combustible.
En tiempos de cosecha se amasaba mañana y tarde: doce bolsas de harina de setenta kilos por jornada. Don Pepe se había convertido en representante de Molinos Río de la Plata en la zona. La harina llegaba por ferrocarril y del reparto se encargaba don Cande Piedrabuena, que abastecía a panaderías y almacenes de la villa y los alrededores con su carro tirado por bueyes.
Era un espectáculo verlo maniobrar: hacía retroceder a los bueyes con paciencia y precisión hasta dejar el carro a la altura exacta del vagón, desde donde los estibadores trasladaban la carga. Aquella escena, repetida una y otra vez, formaba parte del paisaje cotidiano del pueblo y del aprendizaje silencioso de Bubi, que crecía entre el esfuerzo, el trabajo compartido y el rumor constante del ferrocarril.
La amistad y la relación comercial entre su padre y Villacampa permitieron la adquisición de un camión, un Chevrolet modelo 1938, que conduciría su tío Nino y que marcaría para siempre el destino de Bubi. Desde pequeño, su tío le enseñó a manejar cuando salían al campo a recoger las bolsas de la cosecha para trasladarlas al acopio.
Con el tiempo, aquel aprendizaje se convirtió en su profesión. Llegó a tener un par de camiones y choferes a su cargo, aunque ya dedicado al traslado de hacienda. El volante, como la voz, se volvió parte de su identidad: caminos largos, madrugadas frías y la paciencia de quien aprende a ganarse la vida sin apuro, pero sin descanso.
Mientras tanto, la música llegaba a la familia a través del acordeón de su padre y de los bailes de la época. Sonaban en la pista de Cotti en el Cine Central -más conocido como la pista “Cuidame el Nene”- o en la Pista Gigante de Rosendo Pessoa. Eran noches largas de piso gastado y orquestas en vivo, donde el tango y el ritmo se mezclaban con la vida misma.

Por esos escenarios pasaron figuras importantes como la orquesta de Donato Racciatti, Alberto Echagüe -cantor de D’Arienzo- Alberto Castillo, que supo presentarse en los bailes del Club Sarmiento y Rodolfo Biagi en el Club Atlético. Para un joven, aquellas noches fueron escuela sin pizarrón, aprendizaje de oído y de corazón, donde la música empezaba a ocupar un lugar definitivo.
La música también se hacía presente en el ámbito local. Estaba la orquesta de don Ramón Sánchez, el violín de Mario Esplendore, las guitarras de Rolfi Piedrabuena y Aguiar, desde Diamante asistía continuamente la orquesta de Rogelio Jordán trasladando su piano por el ferrocarril. En ese mundo de escenarios cercanos y bailes populares, Bubi, dio sus primeros pasos.
Comenzó como presentador de la orquesta de Tino Estefani, integrada por Tino y su sobrino Guito en los acordeones, Tono Suárez en batería y la guitarra de Pacho Sánchez. Con el tiempo, Santiago “Guito” Estefani formó “Estefani y su Conjunto” y fue allí donde Bubi empezó a cantar, compartiendo el micrófono con Cacho Schneider. Él se encargaba de los tangos y los foxtrots, mientras el público crecía y los bailes se multiplicaban.

El conjunto recorrió toda la provincia y también provincias vecinas, con concurrencias notables en los bailes de carnaval de los clubes Talleres de Federal y Unión de La Paz, donde rivalizaban en convocatoria con la orquesta de Gasparín. Aquellas noches, de música larga y pistas llenas, terminaron de forjar al cantor, dándole escenario, oficio y confianza.
Su padre, poco interesado en que se dedicara definitivamente al camión, le instaló una panadería en Paraná a comienzos de la década del ’60. Allí volvió a encontrarse con viejos amigos de la Villa, Tito Cángeri y Lucho Tricarique que tenían una carnicería. Con ellos recorría las bailantas los fines de semana, especialmente las del Club Ciclista, donde la música seguía llamándolo sin pedir permiso.
Fue en ese contexto que se enteró de la convocatoria a un concurso de tango organizado por LT14 Radio General Urquiza. Casi sin pensarlo, decidió inscribirse. Ganó. A partir de entonces comenzaron las presentaciones en la emisora, acompañado por músicos de la radio, y su voz empezó a sonar más allá del círculo cercano, abriéndose camino en un ámbito nuevo y exigente.

En otro concurso de tango, realizado en el Club Recreativo, obtuvo el segundo lugar. El primero fue para Rubén Alday, seudónimo de Rubén Sánchez, quien, aunque residía en Paraná, era hijo de don Ramón Sánchez y hermano de Encarnación Oscar “Pacho” Sánchez. A partir de esa etapa, y buscando diferenciarse en los escenarios, nació definitivamente el seudónimo Mario Cabrán.
Poco tiempo después llegó un desafío mayor: el Segundo Gran Certamen “Nuevas Voces del Litoral en Tango y Folklore”, que reunió a más de mil inscriptos. El concurso estaba patrocinado por Bodegas y Viñedos San José SRL, para su línea de vinos Alpaca Carlón.

El 14 de febrero de 1965, en el Club Neuquén, Mario Cabrán obtuvo el primer premio en tango. Desde ese momento comenzaron las presentaciones en LR3 Radio Belgrano de Buenos Aires, marcando el ingreso a un circuito profesional de mayor alcance y confirmando que aquella voz nacida en la villa había encontrado su lugar.

En una vieja grabación de Radio Belgrano se escucha su presentación: “Mario Cabrán se apresta a dejarnos su primera versión en este programa, el tango, en su contenido emocional sirve para expresar el sentimiento hacia lo que tanto se amó, al evocar el nombre querido como suplicando el retorno, una imagen cobra vida cuando sus labios dicen: María”.

Bubi se casó el 20 de mayo de 1967 con Quiqui, Elba Iglesias, a la cual sus compañeras maestras la cargaban con que el Bubi no volvería de la Capital. Tuvieron tres hijos: José Luis, Rolando Miguel y Ana María, también dedicados a la música, pero del palo del rock argento.
En sesenta años de trayectoria tanguera se le otorgó el certificado de ingreso en la Academia Nacional del Tango en abril de 2016, fue declarado “Personalidad de la Cultura” por la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Entre Ríos el 19 de abril de 2023, la Municipalidad de Hasenkamp lo declaró “Personalidad de Interés Municipal y Cultural” por decreto N°68/2023 y, desde hace más de veinte años, es la figura central del Encuentro de Tango que realiza la Escuela de Artes y Oficios por donde pasaron figuras como Ricardo “Chiqui” Pereyra, Enrique Dumas o Néstor Fabián, entre otros.

Había cantado tangos durante más de sesenta años y su voz, que alguna vez fue filosa y segura, con el paso del tiempo arrastraba las notas como quién camina despacio para no caerse. Llegaba al escenario inclinando la cintura, casi como una reverencia, pero al tomar el micrófono se transformaba: los años que escarbaban sus huesos se diluían.
Con los años, cuando la voz empezó a gastarse y el cuerpo ya no acompañaba como antes, Mario Cabrán volvió muchas veces sobre sus pasos. No para lamentarse, sino para escuchar los ecos. La panadería al amanecer, el silbato del tren, los camiones en la ruta, las pistas de baile iluminadas apenas y aquellas radios donde su voz quedó flotando en el aire.
Pensaba en Hasenkamp, donde nunca dejó de ser el Bubi, y en su padre, que le enseñó sin discursos el valor del trabajo y la constancia. Entendía entonces que no todo lo importante había ocurrido bajo los reflectores. Muchas cosas habían pasado en silencio, como los tangos que se escuchan solos, de noche.
Nunca se sintió una estrella. Cantó, simplemente, mientras pudo. Y ahora, ya grande, sabía que el tiempo también canta, arrastrando recuerdos como una melodía lenta. Tal vez nadie lo nombrará en voz alta, pero en algún rincón quedaba su voz, y con eso alcanzaba.

Cuando terminó de cantar, levantó la vista y encontró una mirada atenta entre el público. No importaba cuantas fueran: una sola alcanzaba, la que lo había acompañado toda la vida. Mientras bajaba del escenario, recordaba las voces que se habían apagado antes que la suya, los amigos que habían partido y que el tango, como la vida, también sabía de despedidas.
Sonrió, enderezó la espalda y pensó que mientras entre las mesas hubiera alguien que escuchara, nada de lo vivido sería en vano, el tango seguiría vivo. Porque el tango, como la vida, no se va del todo, se queda en la memoria de quienes alguna vez supieron escuchar.
Publicado en la Edición 233 /2026 del Tren Zonal «Por la integración de los pueblos»
El cura Typek
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